Jueves 21 al domingo 24 de junio

Foco Jean-Pierre Melville

“Un cineasta es como el maestro de un espectáculo de sombras. Trabaja en la oscuridad. Crea a través de efectos. Soy perfectamente consciente de la extraordinaria deshonestidad que supone ser eficaz, pero al espectador nunca se le debe permitir ser consciente de hasta qué punto todo está manipulado. Debe estar hechizado, prisionero de la película”. Así definía la labor de un director de cine y su relación con el espectador Jean-Pierre Melville, quien hubiera cumplido el pasado 20 de octubre 100 años si no hubiera muerto de manera prematura a la edad de 55 años mientras preparaba la adaptación de La condición humana, de André Malraux.
Pero ni Grousset ni Melville eran los auténticos apellidos del cineasta francés. Llegó al mundo el 20 de octubre de 1917 en París como Jean-Pierre Grumbach, en el seno de una familia alsaciana de origen judío. Desde pequeño alimentó su voraz pasión por el cine y la literatura y de hecho fue el impacto que le causó un libro de Herman Melville, Pierre o las ambigüedades, lo que le hizo decidirse a cambiar su apellido. En las salas de cine, donde podía pasar todo el día viendo películas norteamericanas, es donde aprendió el oficio, pero no sería hasta que acabó la Segunda Guerra Mundial que decidió dedicarse al mismo. Para ello tuvo que montar su propia productora, ya que por razones políticas se le cerraron las puertas del sindicato cinematográfico.
Este detalle fue fundamental para que los directores de la Nouvelle Vague le consideraran no solo como un autor que no se plegaba a las voluntades de nadie sino como su padre espiritual, aunque el propio Melville nunca estuvo muy de acuerdo con esa etiqueta que le concedieron sus colegas. Sin embargo su influencia trasciende países y épocas y ha sido palpable en la obra de directores de la talla de Scorsese, Johnny To, John Woo, Quentin Tarantino y Jim Jarmusch.